VOLUNTARIOS QUE CAMBIAN VIDAS

Son miles alrededor de la isla que trabajan para ayudar a organizaciones sin fines de lucro, municipios y agencias de gobierno a ofrecer servicios a la comunidad

“Mi proyecto de vida, el plan de mi vida, es el servicio. No puedo dejar eso incompleto”.

Para Waleska Mariani López, el voluntariado es un estilo de vida que se ha convertido en su vocación. Desde que sus hijos eran pequeños, siempre formó parte de los Consejos Escolares de sus planteles, de organizaciones recreativas y comunitarias. Pero cuando fue cesanteada a raíz de la implementación de la

Ley 7 en el 2009, decidió que era momento de convertir en una jornada “a tiempo completo” lo que hasta entonces había sido casi un pasatiempo.

“Siempre he trabajado en mi comunidad, le he dado servicios a la gente de mi comunidad. Como yo siempre digo, el que nace para martillo, del cielo le caen los clavos”, relató Mariani López, residente de Aguas Buenas.

Acabó de comenzar su segundo año de trabajo como voluntaria en la Alianza Municipal de Servicios Integrales (AMSI), una entidad establecida en ocho municipios que maneja proyectos en las comunidades, reclutada a través del programa estatal AmeriCorps. Mariani López labora en un programa que permite que jóvenes obtengan su diploma de escuela superior, ella se encarga de identificar a jóvenes desertores o veteranos para que terminen el cuarto año, con lo cual siente que los encamina para cambiar sus vidas.

“Es una labor bien bonita que me permite tocar la vida de otra persona. No tan solo los ayudo a ellos, sino que uno también crece como persona”, aseguró.

La labor voluntaria ha dejado una marca en la vida de Melvin Peña, quien buscó impactar de la misma manera las vidas de otros adolescentes. En la escuela intermedia formó parte de varias organizaciones estudiantiles, hizo trabajo voluntario y conoció de primera mano los beneficios de dar de su tiempo para ayudar a otros. Fue así como en la escuela Adela Rolón Fuentes de Toa Alta crearon una iniciativa en la cual los alumnos más retantes –aquellos que por años habían sido bautizados como “los más malos de la escuela”– estuvieron encargados de pintar un mural en la pared, gestión que luego los llevó a descubrir un nuevo talento y hasta a participar en competencias de murales.

De este modo, Melvin y Glorinés Rodríguez Cintrón fueron parte de un grupo de alumnos que propuso y trabajó para que, a través de la Ley de Servicio Voluntario de 2009, los alumnos del sistema público de enseñanza tengan que cumplir con 40 horas de servicio comunitario como requisito de graduación. Desde entonces, los alumnos de todas las escuelas de nivel superior e intermedio deben realizar labor voluntaria.

“Todas las comunidades que han tenido un desarrollo pleno lo han logrado con proyectos que vienen de abajo hacia arriba, no se ha podido hacer con planes que vienen de arriba hacia abajo. La gente tiene que cambiar su entorno para establecer un cambio en sus vidas”, expresó Peña, alumno graduado de la Universidad del Sagrado Corazón en Santurce, donde aún labora en el Centro para el Desarrollo del Voluntariado de la ins- titución como voluntario del programa federal AmeriCorps-Vista.

Sus motivaciones para realizar trabajo voluntario formal en sus comunidades son distintas, pero la satisfacción que sienten por el trabajo realizado es la misma. La sonrisa en la cara de Mariani López cuando habla de los 16 adolescentes que ayudó el año pasado a terminar sus estudios y

“Estoy del lado administrativo, viendo cómo todo se hace. Es como estar en la cocina, se dan muchos servicios directos, pero yo manejo el trabajo que permite que se den” JULIE ANN MARTÍNEZ Jóvenes de Puerto Rico en Riesgo “Estamos llamados a estructurar esa labor de voluntariado para que decenas de organizaciones sin fines de lucro puedan dar sus servicios” MARÍA DOLORES TOLEDO Directora ejecutiva de la Comisión del Voluntariado y el Servicio Comunitario como ahora llama “amigos” a varios de ellos no se pude disimular.

Tampoco hay espacio para dudar del orgullo que desborda Albert J. López Morales cuando habla de los participantes del Instituto Psicopedagógico de Puerto Rico a quienes entrena, como maestro de educación física adaptada, y a los cuales conoció cuando hizo trabajo voluntario en la institución en el 2010.

“Fue la llave para yo acercarme a lo que es mi profesión, para tener ese contacto real con las personas con diversidad funcional... Y esto me llevó a querer que ellos también sean voluntarios. ¿Por qué no? Claro que pueden hacerlo”, sostuvo López Morales al narrar cómo han visitado escuelas en la zona norte, donde juegan baloncesto, realizan exhibiciones de arte y los adultos con impedimentos cognitivos les dan charlas motivacionales a los estudiantes. CIENTOS DE VIDAS CAMBIADAS. Sus relatos son solo algunas de las historias que día a día se escriben de los miles de voluntarios alrededor de la Isla que dan de su tiempo y esfuerzo para ayudar a organizaciones sin fines de lucro, agencias de gobierno y municipios a ofrecer servicios necesarios para las comunidades a las que atienden.

Desde 1994, más de 5,700 puertorriqueños en la Isla se han convertido en voluntarios bajo los programas que maneja la Corporación para el Servicio Nacional y Comunitario (CNCS, por sus siglas en inglés): AmeriCorps estatal y AmeriCorps Vista. El primero opera bajo control de los estados –en Puerto Rico es administrada por la Comisión del Gobernador para Fomentar el Voluntariado Ciudadano y el Servicio Comunitario– y el segundo es un programa federal. La CNCS fue creada en 1993 bajo la presidencia de Bill Clinton para fomentar el servicio comunitario y sus funciones se podrían comparar con las labores que realizan a nivel internacional los Cuerpos de Paz, donde las personas acuden para trabajar por otros, explicó la directora ejecutiva de la Comisión del Gobernador, María Dolores Toledo.

Cerca del 10% de la población puertorriqueña ha realizado trabajo voluntario, de acuerdo con un estudio realizado el año pasado por la firma Estudios Técnicos, recordó el director estatal de la CNCS, Carlos E. Gómez. UN NUEVO RUMBO. El trabajo voluntario no solo resuelve las necesidades de las entidades que reciben los servicios, sino también al individuo que lo ofrece, destacó Viviana Martínez Chávez, quien laboró durante dos años en la comunidad de la Península de Cantera, en San Juan.

En momentos en que se encontraba desempleada, con un bachillerato a medio completar y dos hijos, Martínez Chávez decidió regresar a la comunidad que la vio nacer y donde se crió para dar de su tiempo. Aunque a través de AmeriCorps no reciben un sueldo, sí se les otorga a todos los voluntarios un estipendio mensual para cubrir los gastos en los que incurren para cumplir con la labor –el cual no se utilizará en su contra si reciben ayudas económicas del Estado–, así como plan médico, cuido de niños y una beca para estudios universitarios una vez completan su primer año de servicio.

“Yo calculé, hice las matemáticas y con todo lo que te ofrecen, si lo fuera a recibir en dinero, sería más del $7.25 (por hora que recibiría en un empleo de salario mínimo)”, narró Martínez Chávez, quien por dos años trabajó con la población de adultos mayores de Cantera. La beca que recibió tras su primer año de servicios la usó para terminar su bachillerato y ahora usará la segunda beca para hacer una maestría.

En un país que atraviesa una precaria situación fiscal, recurrir al voluntariado debería ser una alternativa para todos los jóvenes, particularmente si buscan obtener experiencia para un empleo dentro de un apretado mercado laboral, expresó Yaira Castellón, otra exalumna del Sagrado.

“El voluntariado ya se convirtió en un estilo de vida para mí. Si me preguntan, ¿por qué debo ser voluntario? Porque da la oportunidad de servir, se le da importancia a mi emprendimiento y dejo un legado. Con esto le doy valor a mi trabajo a base de la satisfacción de mis programas, a quienes sirvo. Se necesitan más voluntarios en Puerto Rico, se necesita más gente en acción”, manifestó Castellón.

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